India, entre el amor y el odio

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India fue el tercero de los 12 países que pisé durante mi semestre sabático cuando decidí darle la vuelta al mundo. Había pasado poco menos de un mes desde que salí cuando llegó el momento de enfrentarme al país que más miedo y expectativa me generaba. Sentada en la sala de espera del Ataturk airport (Istanbul) tuve mi primer encuentro con su cultura. Mujeres bastante subidas de peso, niños corriendo por todos lados, pelos largos, barbas pobladas, bindis en el entre cejo, atuendos exóticos y un olor bastante particular… De una vez les cuento, no es un mito urbano. Que huelen, ¡huelen! No habían llamado a abordar y ya todos estaban peleándose la fila, empujándose los unos a los otros de manera desordenada pero sin rollo, la invasión del espacio personal parecía ser algo completamente normal. Codo con codo, nalga con nalga, pasarse uno por encima del otro parecía algo de todos los días.

 

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Cinco horas y media después de despegar aterrizamos en el famoso Indira Gandhi. Enorme, muy organizado, lujoso, moderno, rápido… Muchos pensamientos se me pasaron por la cabeza durante el vuelo. Venía supremamente prevenida con los cientos de cuentos que oye uno constantemente sobre India.

“No puedes confiar en nadie, el “secuestro” en los taxis del aeropuerto son muy comunes, no puedes tomar agua si no viene en botella sellada, no puedes comer sino es en un restaurante lujoso, ojo con la cartera, no puedes mostrar la piel, si vas a viajar sola ponte un anillo falso para que crean que estas casada”… entre otros.

Recogí mi backpack, que venía bien pesado (sobretodo por el botiquín que llevaba por si me daba el famoso malestar estomacal). Salí muy tranquila, el tema no se veía tan grave como me habían dicho, “qué aeropuerto tan civilizado” pensaba yo… Me iba a quedar en un buen hotel y tenía a un conductor previamente reservado por $32.000 COP, nada podía salir mal…

Mr.Kuldeep, salido de una película de Bollywood me recibió con una sonrisa y el turbante tradicional de los Sikh. Caminamos hacia el carro, eran las 6am y ya estaba a 38 grados y una humedad completamente desagradable. A pesar de que era tan temprano, el tráfico era completamente enloquecedor…. Pensé que depronto sería solo que estábamos en una zona fea, pero no… A lo largo de todo el camino me sentí en una carrera de mario kart…

El sueño y el cansancio me tenían un poco intolerante y aunque estaba en plan de gozarme todo debo confesar que me afectó… Los pitos, el ruido, las timoneadas me dejaron completamente agotada… me hervía la sangre, no entendía donde estaba metida. 45 mins después llegamos a un portón  y yo estaba completamente convencida de que el conductor se había equivocado. Había estudiado las fotos del hotel y era muy reconocido, moderno y cómodo… No entendía por qué Mr.Kuldeep se había parado en un barrio que físicamente parecía un basurero. La calle sin pavimento, niños como los que se verían en el cartucho durmiendo en cartones sobre el piso, basura, cañerías tapadas, tierra y mugre por todos lados…  Durante un mes completo estuve buscando alguna callecita o barrio lindo en todo India pero no fue posible encontrar algo ordenado, similar a lo que uno está acostumbrado…

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4 días en Delhi fueron más que suficientes para enamorarme de la comida y el templo de Akshardham… De resto, no voy a negar que me sentí muy incómoda…

Gracias a Dios me encontré con una amiga que había estado viajando sola por India y me entrenó en el arte de la tolerancia. Me enseñó a apreciar la belleza que se escondía detrás de tantas diferencias. Recibí todos los tips de su experiencia, me hizo calmar un poco con mi prevención hacia las personas y me enseñó qué era prudente comer y que no.. Luego de un day trip a Agra, me escapé hacia los Himalayas con el ánimo de alejarme de tanto trajín y esas temperaturas infernales… Si no ha ido a India en verano no conoce el verdadero calor, el sentimiento de estar completamente empapado en sudor y las ganas de sentarse a llorar o desmayarse mientras se está quieto…

Ah y lo más importante, gracias a Dios Agra solo fue un día… Pues aunque uno ve ese hermoso e imponente palacio del amor perfectamente conservado y cree que esa esa la realidad no sabe absolutamente nada… Pues tanta belleza se encuentra localizada entre la miseria más profunda que haya visto en toda mi existencia.

El vuelo desde Delhi a Dharamsala me liberó de toda la adrenalina que llevaba en el cuerpo… Sobrevolar los Himalayas en ese avioncito que se movía como una montaña rusa fue una experiencia que hoy en día me hace dar risa. Aún no se cómo lo logramos pero aterrizamos. Dave, un inglés que se había sentado a mi lado en el avión para no sufrir un ataque de pánico por la turbulencia me dijo que si quería compartir el taxi y emprendimos nuestro rumbo hacia McLeod Ganj. Había reservado el mejor hotel del pueblo y fue hermoso dormir entre golpes de micos saltando en mi balcón. A la mañana siguiente, abrí mis cortinas y tenía los himalayas rodeándome, haciéndome sentir como una hormiga entre tanta inmensidad. Absolutamente hermoso. Sentí que estaba muy lejos de mi familia en ese momento.

Caí en cuenta de que había cumplido otro sueño, y ahí estaba sentada tomándome un café viendo esas añoradas montañas.

Ese día empaqué mis maletas, me subí en un tuk tuk y me interné en un centro de meditación Budista. Apagué el celular, las cámaras, el iPad y me “desconecté” de este planeta durante 10 días. 10 días en completo silencio, el mejor regalo del mundo.

El momento en el que más conectada conmigo misma he estado. Una experiencia fuerte que me cambiaría mi vida para siempre. Aunque se supone que uno tampoco puede establecer contacto visual con las personas, crucé varias miradas con un inglés de ojos verdes y un bronceado playero. Miradas que sin palabras y sin gestos lo decían todo.

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De McLeod Ganj salí para Rishikesh por tierra. Afortunadamente no me mareo en carretera porque las curvas de esas montañas y la locura de los conductores son difíciles de entender. Fui a encontrarme con James, aquél inglés que le estaba dando la vuelta al mundo y sin saberlo se convertiría mi compañero de viaje y aventuras al final de India, Myanmar y Tailandia.

En Rishikesh tuve mi primer estrellón emocional. Al parecer, readaptarse a la vida real después de salir del templo tiene sus dificultades. Además India no es realmente un buen ejemplo de vida real, por lo menos no a la que estamos acostumbrados.

James no soportó India más y salió corriendo a Nepal a hacer un paseo en moto. Yo decidí tomar la decisión de confrontar esas emociones y no me fui detrás de él. No quería darme por vencida. Aunque confieso quería irme de India y no volver jamás, me obligué a mi misma a adaptarme al ruido, a las moscas, a los olores, a la miseria y el popo de vaca.

Me quedé sola en un ashram en donde rápidamente logré acoplarme a una rutina. 5am sonaba el gong y me despertaba a meditar y a clase de yoga, para luego desayunar y vivir un estilo de vida Yogi. Un par de días después me sentí saturada por lo que decidí tener un equilibrio y solo asistía a las clases de yoga y durante el día me iba a leer, a conocer sitios nuevos y hablar con los locales.

Me encantaron mis clases de yoga y me encantó finalmente poder encontrar paz sentada frente al ganjes sin compañía, tecnología o distracciones.

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Varios días después tuve mi primera experiencia en tren. Fueron 17 horas (aunque no es lo más limpio del mundo si es cómodo) y hoy en día me río de mi misma subiéndome al camarote con crocs y todo mi equipaje. Mis compañeras de vagón se reían con picardía al ver esta turista blanca de 1.86cms con cara de pánico abrazando su backpack como si se lo fueran a robar. Una señora me vio tan confundida que me empezó a hablar y lentamente me fui soltando. Tuve conversaciones bastante interesantes con mujeres que no concebían que una occidental de 27 año viajara sola por el mundo en vez de estar buscando esposo e hijos.

Aunque ninguna me juzgó, ninguna me comprendió y se sentían absolutamente fascinadas al oír mis historias de vida durante el viaje. Yo había llevado algunos snacks que compré en una tienda de cosas importadas pero me dio un ataque de hambre incontrolable que no se calmaba con nueces o snacks, por lo que tuve que tomar la decisión más dura de todas.

Pasó un señor con un aspecto dudoso vendiendo algo que olía a curry, e impulsada por esa necesidad de alimentarme cerré los ojos y recibí la bandeja. Tenía arroz, chapati, lentejas con curry y verduras. Me comí un poquito y me entró una angustia al pensar de donde provenía esa comida. Por lo que decidí mejor comerme todo el chapati con mantequilla de maní (lo que nunca podía faltar en mi bolsillo en India) y dejar el resto.

Le rogué a Dios que esa comida no me dejara 3 días en el baño como le suele pasar a la gran mayoría de visitantes a ese país. La llegada a la estación de Varanasi fue bien movida pero ya uno se acostumbra al trajín, los gritos, el acoso y a caminar por el lado (casi por encima) de personas que están cómodamente tomando una siesta sobre el concreto.

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Durante los días siguientes me dediqué a caminar por la ciudad más antigua de este mundo. Fascinante y a la vez impactante. El calor es difícil de manejar, la situación de movilidad es aún más complicada que en Bogotá y aunque hay unos templos hermosos, la realidad es que la gran mayor parte de la ciudad se encuentra en un estado muy precario.

Un sentimiento que jamás podré describir es el que sentí cuando visité los ghats. Algunos ya sabrán que en este lugar es donde creman a los muertos al aire libre. Escenas que no son agradables ni aptas para todo el mundo. A los muertos los creman con una tela blanca (color de la paz) y las mujeres no son bienvenidas a las cremaciones, pues creen que cuando uno llora a un muerto él no puede irse tranquilo, y usualmente somos nosotras las que no podemos contener el llanto.

Navegando el ganjes observé la ciudad desde el agua, contemplando sus colores desteñidos, golpeados por los años. Sentí una energía densa en el ambiente que no me hacía sentir incómoda sino curiosa, cuestionándome cuanta historia había en ese lugar y reflexionando cómo jamás había estado en un lugar que me generara tanta bipolaridad en cuanto a amor y odio al mismo tiempo. Luego de un largo y tranquilo paseo terminamos presenciando la ceremonia nocturna que se lleva celebrando todas las noches desde el año 1994 sin interrupción. Prendí unas velitas con rosas y las dejé ir flotando por el río mientras pedía un deseo.

No me fui de Varanasi sin antes escaparme a Sarnath, 1 de los 4 lugares sagrados para el Budismo, pues fue acá donde Siddhartha Gautama enseñó lo que aprendió por primera vez luego de su iluminación. Recuerdo ese lugar con mucha felicidad, pues tuve la oportunidad de charlar por varias horas con un monje budista que había venido desde una provincia en Myanmar y me enseñó varias lecciones que hoy atesoro enormemente

India finalizó con una parada en Calcuta después de varias horas en tren en donde me reencontré con aquel inglés que huyó de India pero logró volver. Esta ciudad parecía suspendida en el tiempo, me sentía en los 70s. La estación era de la colonia y aunque muy golpeada por el tiempo, tenía su magia. Caminar por las calles de Calcuta era interesante, era India pero con un toque más desarrollado.

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Recuerdo haber visto un Au Bon Pain y entré casi corriendo a tomarme un cappuccino, un wrap y un muffin de chocolate. Aunque me fascina la comida de India, después de un mes se siente mucha felicidad retomar una alimentación occidental. Conocí varias personas muy lindas que estaban en India como voluntarios para trabajar en la fundación de la madre teresa.

Ese día estaban todos encerrados en el hotel, pues se habían contagiado de un virus estomacal que mandó a mas de tres al hospital. Aunque aburridos por el malestar, contaban historias maravillosas de sus días como voluntarios trabajando con la comunidad y con personas que necesitaban ayuda.

Ayuda no material ni médica, eran personas olvidadas que solo necesitaban amor, y que lloraban de la emoción cuando los voluntarios les afeitaban la cara y les hacían un masaje en los hombros. Jamás me lo imaginé pero si, existen personas que con 50 años nunca han recibido esas manifestaciones de amor que llenan el alma.

Cuando entré a la casa donde vivía la Madre Teresa, cogí un libro y lo primero que leí fue una frase que ella promovió durante muchos años y que marcaría mi vida hasta el sol de hoy:

La mayor enfermedad hoy día no es la lepra ni la tuberculosis sino mas bien el sentirse no querido, no cuidado y abandonado por todos”.

A todas las personas que están leyendo este blog los invito a que se den la oportunidad de irse un tiempo como voluntario a esa fundación. Al final del día, usted no solo va a ayudar. Le aseguro que ellos lo van a ayudar a usted aún más a través de una apertura de ojos y corazón.

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Al recordar la experiencia en India me lleno de miles de emociones encontradas. Me río, sobretodo de mi misma.

Aunque hoy en día atesoro enormemente mi experiencia y no la cambiaría por nada, la realidad es que si mañana me invitan a India con todos los gastos pagos tendría que pensarlo dos veces.

Me siento muy agradecida con India y sus enseñanzas, valoro el crecimiento personal que me dio, la riqueza emocional a la que uno tiene acceso, pero no voy a negar que India es difícil, que no es para todo el mundo y que sino es para volver al templo Budista, a la fundación de la Madre Teresa o a diversos lugares específicos que me llaman la atención por temas espirituales, negaría la invitación en plan turístico o descanso.

  • Pi

    para poder ir aun pais con tantas religiones y tanta historia. Mas antigua que America, te recomeindo leas y estudes antes. Asi tus expectativas no son las que tu mente crea. La reiqueza de viajar es poder abrir tu mente y dejar que recibas esa nueva informacion. No todos somos iguales en este planeta. Namaste.

  • Miguel Santamaria

    Que buen relato, da la impresión que puedes convertirlo en varios artículos! has escrito (o pensado escribir) acerca de esos 10 días de Vipassana? siempre he querido hacerlo pero aun me sigo inventando excusas.

    Seguiré leyéndote, gran relato!